Washington es un museo de arquitectura a cielo abierto. Una sucesión de edificios públicos sin cortes de continuidad durante casi cinco kilómetros de largo y cuatrocientos metros de ancho, de sólido diseño y evidente firmeza, caracteriza esta ciudad donde casi domina el silencio en sus calles anchas.

Hacia donde se mire se observa monumentos en honor a sus próceres fundadores o a alguna de las guerras en las que intervino el país. Incluso, hasta hay arcos en la avenida Independence en recordación del secretario de James Wilson, porque dirigió la Secretaría de Agricultura entre 1897 y 1913.

Los estadounidenses hablan en voz baja por la calle. La mayoría en la zona de oficinas viste de traje sobrio y abundan las tarjetas identificatorias que cuelgan del cuello, como llave de entrada a los lugares de trabajo.

Aunque no son obsesivos por la limpieza, no se ven papeles en el piso. El tránsito es complejo en su ritmo, con situaciones impensables: una grúa oficial, con auto en el remolque, gira en "U" en una avenida para multar a otro vehículo mal estacionado. Nadie le toca bocina; aunque, en realidad, nadie toca bocina a nadie. Y apenas si ese clima es roto por alguna que otra sirena que suena a la distancia. El resto transita a ritmo más bien lento, sin apuro, otra característica distintiva de esta ciudad, donde muchas calles tienen el máximo de velocidad en 15 millas (menos de 25 kilómetros por hora), y se lo respeta dentro de esos monstruosos autos, porque no hay ninguno mediano o pequeño.

Tal vez como no podría ser de otra manera, el edificio más nuevo de la famosa avenida Pennsylvania, donde se realizan los desfiles y marchas más famosos (desde las victorias militares hasta las protestas sociales) se estrenó en 2007. Es la casa del Newseum, un museo dedicado a los medios de comunicación y a las noticias, donde puede llegar a verse una hoja original de la Biblia de Johannes Gutenberg, el primer libro impreso de la historia.

Katrina y el 11-S

Allí hay dos historias que dominan las exposiciones permanentes. Son las dos llagas jamás cerradas de los Estados Unidos. En el piso superior, con profusión de testimonios multimedia, notas periodísticas, artículos y tapas de diarios llenos de barro, puede verse otra vez la Nueva Orleans arrasada en 2005 por el huracán Katrina.

En un espacio común, entre el segundo y el tercer piso, se ubicó un trozo retorcido de metal de siete metros de alto. Es un apenas pequeño tramo de la antena que dominaba uno de los edificios del Word Trade Center, las Torres Gemelas derrumbadas por los ataques del 11 de setiembre de 2001.

En uno y en otro lugar, se disponen cajas con pañuelos de papel, que son utilizados, por la emoción que reina en esos ambientes. Las lágrimas del dolor y del espanto se suceden en ambos lugares, en forma irreflexiva y sin distinguir las responsabilidades en cada caso. La vida sigue a los pies del edificio de las noticias, donde la gente camina cansinamente seis pisos abajo.